Hogar y Familia

Promover valores humanos, familiares y sociales que hagan posible la conformación de una sociedad basada en los principios del Cielo.

Es muy importante que como padres le enseñen desde muy pequeños a su hijos el valor de la tolerancia.

Niños que muerden, patean, golpean o insultan a sus compañeros de clase o a la maestra, pueden tener mucha agresividad y frustración contenidas. Cuando la maestra detecta a uno de estos pequeños en su grupo, se debe a que ya comenzó a causar estragos entre el resto de la clase. Es decir, aquí ya no se trata de prevención, sino de atención.
Generalmente, llama a los padres del menor, habla con ellos y si resulta bien la plática, ellos entenderán que tienen un problema serio en sus manos y asumirán el compromiso de hacer algo
al respecto; de lo contrario, se sentirán ofendidos, tildarán a la maestra de desequilibrada mental, ignorarán el problema o hasta retirarán al hijo de su grupo; de aquí puede resultar que la maestra será muy feliz, pero el niño -el protagonista de la historia- no dejará de sufrir. Aquí es donde hay poner el acento.
Ahora, en los padres que le prometen a la maestra que "se ocuparán de la situación" suceden dos cosas: unos cambiarán hábitos, tal vez visiten a un terapeuta o a un psicólogo y las cosas mejorarán, pero habrá otros que en cuanto regresa el niño de la escuela lo regañarán a gritos por agredir a
sus compañeros, e invariablemente
le pegarán.
En muchos casos, la agresividad es la manera de manifestar que algo está sucediendo en casa, que algo les preocupa o hay algo a lo que le temen.
Si tu hijo tiene poca tolerancia a la frustración o reacciona de manera agresiva es importante que intervengas pronto, de lo contrario, lo que ahora sólo es un comportamiento puede llegar a convertirse en un patrón o un hábito que lo dañará irremisiblemente.


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Muchas veces en sus hogares se presentan situaciones difíciles, que por mas que busquemos salida no la encontramos,en ese momento es mejor buscar la ayuda de Dios que el siempre nos guiara...

Cuando no hallas una solución y te hundes

No hace mucho tiempo tuve la oportunidad de escuchar a la bailarina ya retirada, Mary R. Durham, hablando de un padre, a quien de alguna manera, yo percibí como a uno de esos buenos padres que hay en el mundo. Un día, este hombre, quizo hacer algo especial con su hija pequeña llevandola a un lago. Mientras se adentraba en aquel espejo de agua nadando con la niña en su espalda, sus pies se enredaron con algo en el fondo del lago. Al sentir que se ahogaba, gritó pidiendo ayuda, pero nadie vino a auxiliarlo. Así lo que pudo ser una experiencia hermosa, casi terminó siendo una tragedia.
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Es muy importante que como padre eduquen a sus hijos,de la mejor manera posible y con amor.

¿Cuándo debe haber excepciones?

Mi opinión es que, como padres de familia, cuanto más tiempo permaneces en el medio de los dos extremos, es mucho, mucho más sano para todos. Hay cosas que no se deben tolerar en el hogar, pero para casi todas las reglas hay una excepción. 
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Padres al educar a sus hijos tengan presente los siguientes concejos.


¿El amor o la ley?: Dos fuerzas que destruyen
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Como padre, muchas veces, uno se encuentra en la disyuntiva de si dejar pasar conductas inaceptables, o si hay que ejercer la disciplina. Para mí, en la educación de los hijos, hay dos extremos, y los dos son muy peligrosos.

El primero, es el de los padres que aman de tal manera a sus hijos, que les permiten todo. No hay disciplina, reglas, o estructura. El amor allí daña, pierde todo aspecto positivo. El segundo extremo, es el de los padres que son tan estrictos en las normas de la casa, que si su hijo adolescente no se adapta a ellas o no cumple las expectativas, es expulsado del hogar. La ley y la disciplina, sin amor, igualmente son destructivas.
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Una de las experiencia más hermosa es la de ser padre, por eso disfruta todos los día de tu vida con tus hijos.



Déjame te cuento una historia de mi vida. Cuando tu hijo mayor tiene cinco años y el menor tres (como los míos en esa época), cada vez que papá llega del trabajo es como si hubiera una fiesta. Pero en esa ocación en particular, no fue así.
Llegué del trabajo, y ambos estaban en el cuarto del fondo. Me dirigí allí, pero ellos no me oyeron. Al acercarme vi -a través de la puerta entreabierta- que mi hijo mayor estaba
maltratando a su hermanito, quien lo idolatraba. Me dolió y me encolerizó al máximo ver que un hijo mío podía portarse así. Ciego de ira, abrí la puerta y recorrí esos tres pasos que me separaban de él.

En cuanto abrí la puerta, él me vio, enojado como nunca, caminando como un monstruo-mamut-locomotora hacia él. En su cara se escribió la más genuina sorpresa, mezclada con el terror más puro. Él sabía que era culpable, y que la justicia caería sobre él antes de que él pudiera siquiera correr para salvarse.
Vi su gesto, y eso me dolió muchísimo. El enojo desapareció por completo, y en décimas de segundo hice la oración más breve que he hecho en mi vida: "¿Qué hago, Padre? ¡Ayúdame!". Llegué hasta mi hijo, lo abracé, él me abrazó con sus bracitos, y lloró mucho. Me pidió perdón, sin que yo tuviera que decir nada. Y entonces, lo que pudo haber sido un regaño, un castigo, se convirtió en una experiencia de aprendizaje y unión para ambos. Le dije cuánto le amaba, y cuánto amaba a su hermanito, y que lo que me haría más feliz, es que siempre hubiera amor entre ellos
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